¡Qué consuelo ser tan poca cosa!

Nervios. Vergüenza. Ansiedad. Sudores fríos. Pánico.

Por tener un examen. Por tener que exponer delante de compañeros del instituto, universidad o trabajo. Por tener que vender un proyecto ante potenciales compradores. Por tener que tocar un instrumento, cantar o recitar un monólogo en público.

Ahí estás tú. Una maraña de nervios con forma humana.

¿Sabes que es lo que más me calma a mí en esas situaciones? Pensar en lo poco importante que soy en el universo. En lo poco que represento. En lo insignificante que soy.

Como dice el título de la entrada, cuando tengas nervios por cosas tan mundanas como una exposición o un examen, recuerda: a veces es un consuelo ser tan poca cosa (en el universo) 😛

Y sí. Tener nervios es normal. Lógico incluso. Ahí te doy la razón.

Ante una situación nueva, una situación en la que debemos exponernos a otras personas, la ansiedad moviliza los recursos de nuestro organismo. El sistema simpático-adrenal se activa, incrementando los niveles de adrenalina en cuerpo. Esto hace que aumente la frecuencia cardiaca y la respiratoria. Que sintamos la boca seca. Que las manos y pies se noten sudorosos por haber desviado la sangre hacia la cabeza y el tronco. Que las pupilas se dilaten, el oído se agudice, y desaparezcan las ganas de comer incluso.

Como digo, todo esto es lógico. Y es que… ¡Somos animales!

Y como animales, ante una situación nueva o desconocida, nuestros instintos se tienen que agudizar. Porque aunque conscientemente sepamos que estamos en una situación donde no hay peligro físico, nuestro cuerpo está cableado para responder como si lo hubiera. Nuestros genes se cultivaron hace miles (millones) de años, en ambientes hostiles, con depredadores y comida escasa. La selección natural ha hecho que nuestro cuerpo responda así ante estas situaciones.

Pero entender todo esto es de gran ayuda. Eres un animal. Eso que sientes es normal. Tranquilo. No hay peligro.

Lo peor que puede pasar es que te equivoques al decir algo, que te evalúen negativamente, que des mal una nota, que nadie se ría de tu chiste o que no vendas ese proyecto que tanto te ha costado preparar. Tras ello no te va a comer un león, no te vas a morir de hambre (¡venderás el siguiente o cambiarás de trabajo a las malas!), ni te pelearás a puñetazos por ser el líder del grupo.

Pero es que además de ser animales, encima somos gregarios. Hemos evolucionado cooperando en pequeños grupos, ayudándonos, siendo útiles. Y hemos evolucionado para intentar evitar el rechazo. No hay nada que más nos aterre que ser rechazados por el grupo. Y ese sentimiento aflora fácilmente cuando tenemos que enfrentarnos a un grupo expectante de pares de ojos que nos miran fijamente.

Y es entonces cuando pienso en lo increíble que es que la evolución me haya traído hasta aquí. Hasta una sala con proyectores y ordenadores, con gente que toma nota de lo que quieres decir por la mera curiosidad intelectual.

En serio: hace un millón de años no había homo sapiens. Hace diez mil no sabíamos ni escribir, y nuestras únicas preocupaciones eran cazar, o sobrevivir a la estación seca.

Hace mil necesitábamos copistas que copiaran (y traductores que tradujeran) escritos a mano. Seguíamos arando el campo al servicio de un rey cuyo nombre no conocíamos, y los conocimientos estaban reservados a unos pocos privilegiados.

Hace quinientos apenas conocíamos la estructura del sistema solar, o de qué estaba hecha la materia. Qué causaba las enfermedades. Cómo habíamos llegado hasta aquí.

Y hoy estás en una sala con toda la tecnología del mundo al alcance de tu mano para comunicarte y expresarte como quieras. Sin represalias. Solo tienes que hablar. ¿Qué importa que salga mejor o peor? ¿De verdad, en toda la inmensidad de casualidades que te han traído a este momento, esto es tan relevante?

Hoy en día estamos en un mundo alucinante. Y todo esto tiene sentido a la luz de la biología. Y tanta grandiosidad, entender los mecanismos que permiten que hoy estés aquí, despoja a la situación de esa carga de «terribilidad» que le damos.

Pero por si acaso, vaya y aun te quede algun nervio remolón, recurramos a la física.

El universo se creó hace 13700 millones de años.

Por un casual que aun no entendemos, se creó más materia que antimateria, permitiendo que no toda la materia se aniquilara y nos dejara una oportunidad para existir.

Pequeñas fluctuaciones cuánticas permitieron que se formara una compleja estructura filamentosa de galaxias.

En estas, el polvo se arremolinó y colapsó gravitatoriamente formando estrellas, planetas rocosos y gigantes gaseosos entorno a ellas. En las estrellas se formaron multitud de átomos mediante fusión. Una generación entera de estrellas vivió. Algunas explotaron en forma de supernovas, diseminando los átomos que gestaron por el espacio. Átomos que llegaron a la nebulosa que formaria nuestro sistema solar. Colapsaron gravitatoriamente y dejaron la materia prima en este punto azul pálido. Materia que tardaría 4500 millones de años en llegar hasta donde hoy estamos.

Y ahí estás tú. Una colección de campos cuánticos vibrantes que se entralazan, interactúan y colapsan. Una solución muy compleja de la ecuación de Schrödinger. Un sistema consciente, aunque no sepamos bien por qué.

Todo lo que tienes alrededor, tú incluido, ha pasado por una historia increíble. Una historia que la física nos explica. De lo más insólito a lo más mundano.

Te miras las manos y ves un anillo de plata. Esa misma plata que forma el anillo se formó en una kilonova, el choque entre dos estrellas de neutrones. Viajó años luz hasta que llegó a nuestra nebulosa, y se agregó durante el colapso en este tercer planeta rocoso junto con el resto de elementos de la tabla periódica. Formó vetas. La descubrimos. Desarrollamos el arte de moldearla a lo largo de siglos y hoy la llevas en un dedo como si tal cosa.

Miras a la gente que te observa. Algunos llevan gafas. Gafas que entiendes que funcionan gracias a la ley de Snel. Ley que se deriva del principio de Fermat. Principio que tiene sentido por la mecánica cuántica. Te ríes por dentro, pensando en cómo cosas tan complejas emanan de principios tan sencillos.

Conectas el proyector. Un chorro de electrones circula permitiendo que todo funcione. La luz se focaliza gracias a lentes en este. Tu voz se transmite a los espectadores porque una membrana recoge sus vibraciones, las transforma en impulsos eléctricos que viajan hasta los altavoces, donde una segunda membrana vuelve a vibrar con exactamente las mismas frecuencias para formar ondas sonoras que se transmitirán hasta el tímpano de tus oyentes, que hará el proceso inverso.

Y así podríamos seguir…

Pero no contento con esto, encima te da por recordar que un poquito determinista sí que eres. La física ha llegado a tal punto de reduccionismo que sientes que el todo no es más que la suma de las partes. Que somos un conjunto de campos interactuantes bajo leyes bien definidas y que evoluciona en el tiempo de manera predecible. Y que la supuesta complejidad que observamos emerge de la enormidad de interacciones que tienen lugar. Y eso, en parte, te quita otro peso de encima.

¿Qué más da cómo lo haga, si no podía ser de otra forma?

Así que cuando te pongas nervioso recuerda cómo la biología explica por qué estás aquí.

Que formas parte de una gran epopeya cósmica que no tiene finalidad, pero que por una casualidad te permite estar aquí, hablándole a esa gente que quizás te quiere escuchar.

Que eres el producto de un conjunto de circunstancias azarosas. De la cultura en la que vives. De la manera en que te educaron. De las relaciones que has mantenido.

Que todo tu ser se renovará en unos años mediante muerte y regeneración celular, y no quedará «nada» de la persona que un día pasó vergüenza hablando en público.

Que eres una colección de campos cuánticos vibrantes. Una solución a un conjunto de ecuaciones diferenciales complicadísimas. Un problema de condiciones iniciales.

Y con todo esto y más, ahí estás, hablándole a un montón de seres cuya existencia dependía de un conjunto de casualidades muy similares al tuyo, pero todas explicables  a la luz de la física y la biología.

Y para colmo, un día morirás, y pasado el suficiente número de años, nadie más volverá a pronunciar tu nombre.

Si todo esto no calma tus nervios y ansiedad… No sé ya qué más decirte. Yo por lo menos doy gracias por ser tan poquita cosa. Por importar tan poco 😉


Y nada, hasta aquí la reflexión. Me gustaría de vez en cuando explayarme con algún pensamiento y colgar alguna reflexión. La física siempre estará presente, en mayor o menor medida, y serán entradas más cortas donde contar algo que me apetezca sin mayores pretensiones que la de pasármelo bien escribiendo. Decidme en los comentarios si os gustaría leer más cosas de este estilo.

Esta entrada en concreto está inspirada en dos reflexiones: este vídeo de Jaime Altozano (ya puesto en el minuto concreto), y el famosísimo discurso de Sagan sobre la foto que la Voyager tomó de nuestro planeta (este punto azul pálido que nos alberga). Ved ambos ahora mismito si no los habéis visto. De paso ved este, de Feynman hablando sobre la física en un vaso de vino 😛

 

 

4 comentarios en “¡Qué consuelo ser tan poca cosa!”

  1. Eres un artista. Como dice Feynmann, hay que entender las cosas como un todo. Mientras menos se divida el conocimiento en tipos de conocimiento más puro será este. En la época de Da Vinci no había distinción entre ciencia y arte. Ojala recoger en el presente esa esencia.

    Sigue así tio.

    He visto justo lo que dice Feynmann en el video que has puesto escrito en la ultima pagina del tercer capitulo del primer volumen de lectures on physics del propio Feynmann. Lo había leido hace algún tiempo pero cuando he abierto de casualidad (o causalidad) justo esa pagina y lo he leido he dado un salto de alegria.

    Pst: Dicen que hay que enfrentar a tus miedos para que tu mente sea libre. O sea, que aunque te cages encima tienes que hacer la presentación.

    Pst2: Hoy he visto a Enrique

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    • Muchas gracias por tu comentario, Antonio.
      Es una entrada que he dudado en publicar, pues se aleja un poquito de la temática habitual y del curre que le suelo meter a las entradas, pero me apetecía escribirla. Me alegro de que guste 🙂
      Sí, lo de Feynman lo saqué de ahí. He flipado al encontrar este vídeo tan chulo 😛

      pd: me alegro de que hayas visto al mesías. Mantenme al corriente

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  2. Querido Adrián

    Tengo sensaciones encontradas con esta entrada. Por una parte, me agrada ver este tipo de contenido más personal, de opinión si se quiere, en un blog a priori centrado en la divulgación científica. Por otra, creo que el alivio que siente usted al pensar que no es nada en el universo es algo no extrapolable a la mayoria de la gente.

    Conozco a mucha gente, entre ellos yo mismo, a los que lejos de tranquilizarnos, esa sensación de pequeñez, ese sinsentido de la existencia nos produce más agobio y desasosiego. Podría decirnos que es porque somos demasiado egocéntricos y no somos lo suficientemente humildes. Pero al fin y al cabo, somos los únicos protagonistas de nuestra historia, y si nuestra historia no sirve de nada… bueno, aunque pueda parecer exagerado… ¿para qué vivirla?

    Más aún: Creo que ese nihilismo, que deja fuera toda moral, toda importancia personal e individual, puede incluso llegar a tener consecuencias serias. Usted parece ser una persona tranquila, pero creo que hay gente, quizá con menos estabilidad mental o emocional, a la que ese pensamiento de insignificancia puede llevarle a cometer acciones terribles. Si nada tiene sentido, si todo vale, ¿qué más da comportarse de forma civilizada que matar a otro ser humano?¿Para qué nos esforzamos en ser mejores personas, o triunfar, o ser recordados, o aportar algo al mundo?¿Sólo por placer? ¿Para qué escribe usted su blog, señor Adrián?

    Quiero dejar claro que esta opinión no se debe a ningún sentimiento religioso. Simplemente, me parece demasiado reduccionista el pensar que sólo somos un espectacular conjunto de átomos siguiendo las leyes de la física (no tengo tan claro como usted que sean deterministas).

    Un cordial saludo
    Juan

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    • Me gusta que hayas ido por ahí, Juan, así podemos debatir un poquito al respecto.
      Este enfoque que tomo en la entrada podríamos decir que es práctico: si pensar así te relaja ante una presentación o un examen, bienvenido sea. Desde luego, este pensamiento no es extrapolable a todas las situaciones (sería moralmente reprochable según la manera de aplicarlo, obviamente, y podría llevar a resultados desastrosos como comentas). Quizá en esa situación podríamos enfocarlo de otra manera, y darle la vuelta al argumento y sin duda apañarlo para que cuadre con la ética de cada uno. Por ejemplo, eso mismo hace Sagan en el vídeo que enlazo: al mostrarnos la insignificancia de nuestro mundo en el cosmos, ¿de verdad tiene sentido que nos peleemos entre nostros? Podría haber alguno que, como tú, quisiera argumentar al respecto: precisamente con lo raro que es que se hayan dado todas las condiciones para que habite vida inteligente en un planeta perdido en la inmensidad del cosmos, ¿por qué no entrar en guerras para conquistar este o aquel territorio? Como esos argumentos siempre pueden darse, me gusta más pensar quela idea en sí es tener un recurso que te permita relajarte 😛
      Al respecto, me viene a la mente un libro muy interesante: «El gran cuadro», de Sean Carroll. En él, trata este punto de vista filosófico sobre si tiene sentido ser buenas personas bajo las leyes de la física, si cabe hablar sobre moralidad en ciencia, etc. Francis lo comentó en esta entrada: https://francis.naukas.com/2017/03/25/resena-el-gran-cuadro-de-sean-carroll/
      Y como último apunte, yo tampoco soy un determinista convencido (aunque me falta poco), pero creo que se podrían aun así soslayar todas las preguntas que se te ocurrieran al respecto. Aunque su debate discurriría mejor en un bar con una cervecita, así que lo dejaremos para tal ocasión 😉

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